Una reflexión sobre el voto, la confianza ciudadana y el papel de los jóvenes rumbo a 2027
Por Marco A. Urquides
Hay acontecimientos políticos que vale la pena observar más allá de nuestras fronteras. No necesariamente porque lo que sucede en otros países vaya a repetirse en México, sino porque nos permite entender cómo cambian las sociedades, cómo reaccionan los ciudadanos y qué tan frágil puede ser la confianza en quienes gobiernan.
Los resultados de las elecciones intermedias de Estados Unidos, celebradas el pasado 3 de noviembre, dejan una reflexión interesante. Hace apenas dos años, Donald Trump regresó a la Casa Blanca con un importante respaldo ciudadano. Sin embargo, en esta elección los demócratas recuperaron el control del Congreso. Más allá de las diferencias entre ambos sistemas políticos, el mensaje es claro: ganar una elección no significa tener garantizada la confianza de los ciudadanos durante todo un periodo de gobierno.
La gente puede respaldar un proyecto político, pero también tiene derecho a evaluar sus resultados, cambiar de opinión y expresarlo en las urnas.
Y creo que esa es una de las principales lecciones que debemos tener presentes en México rumbo a 2027.
Nuestro país tendrá una elección muy importante. Se renovará la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas, congresos locales y numerosos ayuntamientos. No será solamente una competencia entre partidos; será también una oportunidad para que los ciudadanos evalúen a quienes gobiernan y decidan qué rumbo quieren para sus comunidades y para el país.
Al final, la política tiene que ver con la vida cotidiana: con la economía de las familias, la seguridad de nuestras calles, las oportunidades de empleo, la calidad de los servicios públicos y la posibilidad de construir un mejor futuro.
Pero hay un tema que considero que merece una atención especial: la participación de los jóvenes.
Durante muchos años hemos repetido que los jóvenes son el futuro de México. Es una frase que escuchamos en discursos, campañas y reuniones políticas. Sin embargo, creo que debemos empezar a entender algo diferente: los jóvenes no solamente son el futuro, también son parte del presente y tienen mucho que aportar a las decisiones que hoy estamos tomando.
A veces, desde la política, cometemos el error de acercarnos a ellos solamente cuando necesitamos su apoyo electoral. Los buscamos para llenar eventos, participar en campañas o compartir publicaciones en redes sociales. Pero la verdadera participación debe ir mucho más allá.
Necesitamos jóvenes en las mesas donde se toman decisiones, en los espacios de representación, en los gobiernos, en los congresos, en los partidos, en las organizaciones sociales y en la construcción de políticas públicas.
Necesitamos escuchar sus preocupaciones y entender sus prioridades. El acceso al empleo, la vivienda, el emprendimiento, la educación, la seguridad y las oportunidades de desarrollo no son temas secundarios; son asuntos que determinan sus posibilidades de construir un proyecto de vida.
También debemos reconocer que las nuevas generaciones tienen otras formas de informarse, comunicarse y entender la política. Cuestionan, comparan, exigen y no necesariamente se identifican con las formas tradicionales de hacer las cosas. Eso no debería preocuparnos; debería obligarnos a mejorar.
Desde mi perspectiva, promover la participación juvenil no significa decirles por quién votar ni intentar convencerlos de pensar como las generaciones anteriores. Significa abrir espacios, generar confianza y darles herramientas para que participen con libertad, información y responsabilidad.
Porque una democracia se fortalece cuando más ciudadanos se involucran, cuando hay distintas voces en la conversación y cuando las nuevas generaciones encuentran oportunidades reales para incidir en las decisiones públicas.
En Sonora, esta reflexión cobra una importancia particular. En 2027 tendremos una elección que definirá el rumbo político del estado durante los próximos años. Será una oportunidad para discutir qué queremos para nuestros municipios, qué oportunidades debemos generar y qué tipo de desarrollo queremos construir.
Estoy convencido de que no podemos pensar el futuro de Sonora sin incorporar a sus jóvenes. No solamente como electores, sino como emprendedores, profesionistas, representantes, líderes comunitarios y protagonistas de las decisiones públicas.
Por supuesto, tampoco debemos pensar que el descontento con un gobierno garantiza automáticamente el triunfo de otra fuerza política. La oposición, como cualquier proyecto que aspire a gobernar, tenemos que demostrar capacidad, presentar propuestas y construir confianza. La ciudadanía merece alternativas, no solamente críticas.
Las elecciones estadounidenses nos recuerdan que el poder no es permanente y que la confianza ciudadana no se hereda ni se conserva por costumbre. Se construye todos los días, con resultados y con la capacidad de escuchar.
Quizá esa sea la reflexión que más vale la pena compartir rumbo a 2027: no podemos seguir viendo la política como un espacio reservado para unos cuantos. Necesitamos una ciudadanía más participativa y, especialmente, una generación joven que encuentre motivos y espacios para involucrarse.
A quienes hoy tenemos la responsabilidad de participar en la vida pública nos corresponde entenderlo: no debemos hablar por los jóvenes, debemos escucharlos; no debemos decidir por ellos, debemos abrirles espacios; y no debemos invitarlos únicamente a votar, sino a formar parte de las decisiones.
Porque el futuro de México no se construye solamente pensando en los jóvenes, sino construyendo con ellos. Y si queremos una democracia más fuerte, tenemos que empezar por darles el lugar que merecen en el presente.















