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CDMX depende de fuentes externas para abastecerse de agua, advierte especialista de la UNAM

La Ciudad de México (CDMX) enfrenta una paradoja en materia hídrica; pese a estar construida sobre lo que alguna vez fue un sistema de lagos, depende del agua que llega de otras cuencas para abastecer a su población, mientras la extracción del recurso subterráneo contribuye al hundimiento de distintas zonas de la capital.

Actualmente, uno de cada cuatro litros de agua que abastecen a la ciudad proviene del Sistema Cutzamala, una infraestructura que requiere transportar el líquido desde otras regiones y elevarlo más de mil metros para hacerlo llegar a la capital.

Así lo explicó Raúl Alberto Silva Aguilera, investigador del Instituto de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), durante la conferencia Más allá de flujos de agua: el Sistema Cutzamala y su complejidad en la gestión hídrica, realizada en el Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático (ICAyCC).

El especialista advirtió que la problemática del agua en la capital no se limita a garantizar el suministro; también involucra la sobreexplotación de los acuíferos, la transformación del territorio y los efectos del crecimiento urbano.

Uno de los efectos más visibles de la extracción de agua subterránea es el hundimiento del suelo, conocido como subsidencia.

De acuerdo con Silva Aguilera, en el Centro Histórico de la Ciudad de México se estima un hundimiento de aproximadamente 40 centímetros anuales durante las últimas dos décadas, asociado con la compactación de las arcillas del subsuelo, un proceso que resulta prácticamente irreversible.

El investigador recordó que la Cuenca de México funcionaba originalmente como un sistema endorreico; es decir, el agua no tenía salidas superficiales hacia otras regiones y permanecía dentro de la propia cuenca.

En ese entonces, 48 ríos superficiales descendían hacia las zonas más bajas, donde se extendía el Lago de Texcoco, mientras que las principales pérdidas de agua ocurrían mediante la evaporación.

Sin embargo, el crecimiento de la mancha urbana modificó el funcionamiento natural de la cuenca.

La expansión de la ciudad impulsó la explotación del agua subterránea y transformó el uso del suelo en las zonas de recarga, lo que contribuyó a la compactación de las arcillas y al hundimiento progresivo del terreno.

Esta situación explica parte de las dificultades que enfrenta la capital, donde conviven problemas de inundaciones y hundimientos con la necesidad de importar agua para satisfacer la demanda.

Ante la insuficiencia de las fuentes locales, las autoridades recurrieron a sistemas de abastecimiento externos. Uno de los proyectos más importantes fue el Sistema Cutzamala, cuya construcción comenzó en 1976.

Esta infraestructura está integrada por presas, sistemas de bombeo y plantas potabilizadoras que permiten trasladar agua desde otras cuencas hasta el Valle de México.

No obstante, su funcionamiento implica retos que van más allá de la infraestructura hidráulica, pues involucra a distintos territorios, autoridades y comunidades.

Silva Aguilera explicó que la gestión del Cutzamala requiere una gobernanza policéntrica; es decir, una coordinación entre la federación, los gobiernos estatales y municipales, los organismos operadores, las comunidades y la academia.

También consideró necesario incorporar a las cuencas de donde se obtiene el recurso en las decisiones relacionadas con su aprovechamiento y distribución.

Para el investigador, estas interdependencias muestran cómo las actividades humanas modifican el comportamiento del agua y, al mismo tiempo, cómo el manejo del recurso transforma los territorios.

Durante su exposición, el especialista también llamó a comprender mejor el funcionamiento de los acuíferos, pues el agua subterránea no se encuentra almacenada en grandes depósitos aislados, como si fueran tinacos gigantes.

En realidad, explicó, se trata de flujos constantes que se desplazan a distintas escalas de tiempo y espacio; algunos procesos pueden desarrollarse durante décadas, siglos o incluso milenios, mientras que en la atmósfera ocurren en cuestión de días.

Esta diferencia resulta relevante para entender los efectos de la extracción y las dificultades que implica recuperar los recursos hídricos.

Silva Aguilera planteó que el análisis del agua debe ir más allá del ciclo hidrológico tradicional e incorporar el concepto de ciclo hidrosocial, que considera la relación entre los procesos naturales, las actividades humanas y las decisiones sobre el uso del recurso.

Aunque desde el espacio la Tierra parece un planeta con abundante agua, recordó que solo una pequeña fracción está disponible para su aprovechamiento y que gran parte del agua líquida permanece bajo la superficie.

En el caso de la Ciudad de México, estas condiciones ponen de manifiesto la complejidad de garantizar el abastecimiento de una metrópoli que depende tanto de sus acuíferos como de fuentes externas, mientras enfrenta las consecuencias de décadas de transformación de su entorno natural.